¡Qué hermoso mes de mayo!

Esto viene de largo… Nacimos con la obligación de agradecer que estábamos en democracia, y lo agradecíamos, éramos conscientes de que acabábamos de salir de una dictadura y de que la libertad en nuestro país echaba a andar, de que estábamos en el mejor de los mundos posibles. Pudimos ver la bola de cristal en lugar de recibir el programa de educación nacional-católico y fuimos educados en valores de justicia, igualdad, paz, democracia y libertad. Pero conforme íbamos teniendo conciencia del mundo, las decepciones no nos dejaron estar contentas mucho tiempo. La realidad no dejaba de contradecir los ideales en los que se nos educaba: la entrada en la OTAN, la manifestación del 14-D, por la que supe lo que significaban las reformas laborales, son mis primeros recuerdos en el ámbito de lo público.Después la implicación en una unión europea que desde el principio nos avisaba sobre su naturaleza económica, la primera guerra de Irak cuando todavía éramos inocentes y temíamos una tercera guerra mundial, pero empezábamos a advertir que lo que ocurría era el testimonio de la guerra como instrumento económico. Cuando ocurría todo esto era una niña, pero ya empezaba a distinguir el sabor amargo. Después, de adolescente, nos empezábamos a alarmar por la destrucción del entorno y la invasión de las grúas. Intentábamos en mi pueblo con pataletas que se pensase en lo que ahora se llama desarrollo sostenible. Encima aprendíamos cosas en el instituto, como ética, historia y literatura. Aprender que fraga había sido parte del aparato político de la dictadura me sublevó. Después vino Mururoa, llegaron las ETT, Maastrich, las grandes superficies comerciales, la concentración empresarial, más reformas laborales, privatizaciones de recursos públicos, liberalizaciones económicas y financieras, regulaciones de los flujos humanos, la injusta memoria histórica de este país, tantas y tantas cosas que se han ido sumando al poso y que nos decían que la democracia del papel no tenía que ver con lo que de verdad ocurría.

Ahora, en nuestra edad adulta, vivimos en el mundo que se ha ido configurando paso a paso y que contradice absolutamente el mundo que se nos cuenta. Llevamos años trabajando y nuestra trayectoria vital no puede ser más diferente de la que vivieron nuestros padres, un poco porque queremos, un poco porque no podemos. Entretanto llegó Europa y ahora tenemos sueldos de la época de las pesetas en el mundo del euro.
Hay quienes se ríen de nuestra inquietud porque somos burgueses. Decía un tertuliano de radio, supongo que un político, con risas de desprecio, que uno de los manifestantes era un abogado que estaba opositando. Si los tiene, ese hombre está riéndose de sus propios hijos. Somos el producto natural de la sociedad actual. No somos obreros de cadenas de producción, hemos ido a la universidad porque nuestros padres no pudieron ir o pensaban que era donde aseguraríamos nuestro futuro, nos han dado todo lo que no pudieron tener ellos y han querido evitar precisamente eso, que fuéramos obreros o peones del campo o limpiadoras. Ahora la sociedad nos echa en cara eso. Hemos crecido delante de pantallas en un mundo cada vez más individualizado y donde toda expresión de lo comunitario se disolvía. Quieren que seamos empleados que no miren al de al lado y se reconforten en la comodidad del consumo. Como hacen ellos. En la comodidad de su burbuja no se han dado cuenta de que la han construido a costa de otros, no también para todos los otros.  Se dice que no tenemos motivos para estar descontentos, hay otros y en otros sitios que están peor. Pero no se han dado cuenta de que ahora somos los peones de las ciudades. Que no podemos vivir como lo hacen ellos.  Y que intuimos que para poder hacerlo no puede ser a costa de otros.
Por todo un batiburrillo como este de causas personales y globales decimos que ahora lo queremos todo. Queremos los ideales rotos y los paraísos prometidos y no los queremos solo para nosotras. No sabemos cómo hacerlo. Ahora mismo solo protestamos, gritamos, nos reímos y desafiamos. Pero es un comienzo. Qué hermoso mes de mayo.

PD: no quiero dejar de agradecer a la democracia algunos logros, como la libertad de los LGTB, por poner un solo y digno ejemplo. Pero, como las carreteras, era algo que tenía que llegar y que nos correspondía.  También aclarar que me siento europea, pero de la Europa de los pueblos, no la de los bancos.

Aranzazu Catalán Altuna

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