Wonderfool (Un trozo de la historia de Ben Fowler)

I´ve always had terrible insomnia but
at least now I have something
to wait for
besides
morning
Charles Bukowski
“What matters most is how well
you walk through the fire”

Al darle aquel papel supe que algo no funcionaba bien dentro de mí. Contemplé su rostro mientras le entregaba mi redacción y traté de adivinar la expresión de su cara cuando leyera las letras que le había preparado. No era una mujer arrebatadora pero poseía un gran atractivo. Cara de ángel en un cuerpo de formas redondas. Siempre pensé que era lesbiana, aún cuando la imaginaba subida sobre mí haciéndome el amor. Me masturbé pensando en ella unas cuantas veces. Se llamaba Deanna y era mi profesora.
En el mismo instante en el que nos mandó aquél ejercicio de redacción supe que
hablaría de ella. Invertí las letras de su nombre y la hice protagonista de una historia de desencanto y frustración. Puede ser que mi visión de la realidad estuviera distorsionada por la locura y el caos que me reinaba pero sigo pensando que no me equivocaba al decir que ella necesitaba tomar Prozac y encontrar su alma gemela. En sus ojos se reflejaba la inquietud y la insatisfacción. Creo que no le hizo mucha gracia mi ejercicio
de imaginación realista o no estaba de acuerdo conmigo, así que me llevó ante el Jefe de Estudios.
Y allí estaba yo, con mi aspecto desaliñado, a la espera del Gran Jefe. Pensé que no era tan grave, que tal vez ese hombre negro que cosechaba una buena fama entre los estudiantes llegara a entender los motivos que me habían movido a escribir esa historia. Pensé que podría llegar a estar de acuerdo conmigo, pero cuando tienes quince años y te presentan ante el hombre al que tus padres pagan por educarte y enseñarte modales después de haber hecho una cosa mala, sientes algo dentro de ti complicado de explicar. Si a eso uno le añade que el tipo es alto y fuerte y nada más verte (con la prueba del delito arrugada en su mano) te empuja en el pecho con la fuerza suficiente para sentarte en el sofá de su despacho contra tu voluntad. Uno siente miedo. Y por encima del miedo
la certeza de estar bien jodido.
Yo estuve bien jodido en muchas ocasiones antes, pero por aquel entonces no sabía que lo peor de mi vida aún estaba por llegar.

Me llamo Ben Fowler y soy Judío. Un Judío que no ejerce pero que siente respeto por su cultura y sus raíces. Tengo veinticuatro años y nací en Nueva York, aunque ahora me encuentre en España por unos meses. Escucho a Jack Johnson mientras escribo esto en un ordenador que no es mi ordenador, en el interior de una casa que no es mi casa y tecleando con unos dedos que no son los míos. O sí. Pero mi imagen está invertida, reflejada en un espejo. La culpa de todo esto la tiene un tipo al que he conocido durante mi estancia en Málaga. Se llama Óscar, fuma cuarenta cigarrillos diarios y se emborracha todos los días. Vonnegut, Wilco, la locura y el interés por el arte nos ha unido. Después de nuestras charlas sobre filosofía, literatura y psicología, alumbramos el reto de sintetizar en un relato un momento importante de nuestra vida. Él escribe esto
para mí mientras yo escribo su historia para él. ¿O es al revés? Nos hemos convertido en intrusos que husmean la vida del otro para desarrollar un proyecto que pretende concluir que, a menudo, uno no es el que cree que es, que nuestra propia vida puede someterse a diferentes lecturas e interpretaciones y que la mirada ajena es capaz de destrozar nuestra conciencia y nuestras conclusiones con una certeza terrible.

La primera persona en la que pensé cuando abrí los ojos fue en Alicia Miranda. Mi niñera. Pensé que se trataba de una señal así que revisé todo cuanto sabía de su persona y todos los consejos que me había dado. Descubrí que no eran demasiados y que ninguno me servía. De la misma manera que no me servían los de ninguna otra persona. Tumbado sobre la cama de un psiquiátrico uno no encuentra nada que le diga qué debe hacer y, lo que es peor, cómo ha llegado hasta allí. Yo sabía que estaba allí por esquizofrénico y por inadaptado pero no lo consideraba justo. Golpear la puerta del dormitorio paterno con un bate de béisbol, gritar o lucir un aspecto desaliñado y sucio, no me parecen motivos suficientes. En cualquier caso se estaba mejor allí que en ese colegio de mierda al que me habían enviado mis padres. Colegio de niños ricos y ambiciosos, tontos del culo, niños de papá que llegarían a ser grandes magnates con un poco de estudio y mucho dinero. Sí, vale. Claro que mi familia es rica y y0,  probablemente, podría llegar donde quisiera valiéndome de eso y de las influencias que posee mi familia. Pero leí demasiados libros, escuché demasiada música y me planteé demasiadas cuestiones con la juventud necesaria como para formarme comprendiendo que no importa tanto dónde se llega sino cómo se llega.
En cierta ocasión leí que Rimbaud se encerraba en su armario para estudiar los
idiomas que más tarde emplearía en sus viajes. Rimbaud y yo teníamos en común algunas cosas como el afán por conocer, la inadaptación social y una adolescencia temeraria y difícil. Yo no me encerraba en un armario pero sí lo hacía en el sótano del John Dewey de Massachussets, mi colegio. Me escondía para liberarme de toda la mierda que había a mi alrededor. Pasaba muchas horas allí, apostado en la oscuridad, hundido entre las miserias de mi mente y el alivio que produce estar solo y sentirse a salvo de los otros. Aunque mi intento se veía frustrado, antes o después, por algún profesor o empleado que me encontraba con mi culo pegado al frío suelo sin más luz que la que me aportaban mis recuerdos y mis planes de futuro. Por eso me mandaron a ese hospital en el que me encontraba ahora tumbado sobre una cama recién hecha tirando del hilo de Alicia Miranda y mi padre y mi madre y mi hermano y todos aquellos que se habían cruzado en mi camino alguna vez y merecían ser recordados.
Pero ese hospital tampoco duró mucho y aunque no estaba del todo mal en él, sentí cierto alivio cuando mis padres decidieron mandarme seis semanas a un campamento en Idaho. Allí aprendí algunas cosas prácticas y estuve en un constante y total contacto con la naturaleza. Me gustaba caminar y perderme entre la vegetación y los senderos. Era reconfortante. Fue en aquel lugar donde conocí y practiqué por primera vez el rafting. Mi primera incursión en dicha aventura fue a lo grande: nuestra canoa se dio la vuelta sumergiéndonos por completo en aquellas salvajes y gélidas aguas. Me dio por reír. Supongo que mis compañeros pensarían que estaba aún más loco de lo que parecía estar ¡¡Vaya novedad!! Pero sabía que estaba vivo y que tenía algo que contar a mis hijos.
Eso, para mí, era suficiente.
No pasó mucho más en Idaho. Entendí que mis padres me habían enviado allí para resolver qué hacer con mi futuro y mi educación. Ahora al recordarlo sonrío, porque me he dado cuenta de que su problema era que no sabían qué hacer con el suyo. No eran felices juntos y todavía no eran capaces de erigirse como individuos autónomos. Encontrar la felicidad es una ardua tarea pero, a veces, el simple hecho de buscarla se antoja complicado. Para llegar a ella no importa la senda que escojas –es más que probable que te hayas equivocado- pero uno debe caminar para averiguarlo.
Yo pagué los platos rotos. Toda la culpa no era de ellos. El currículo que me había labrado hasta entonces pesaba sobre mi persona como una losa difícil de levantar. Insubordinación, rebeldía, escándalos, comportamientos extraños, huidas… me había convertido en una fiera indómita y desbocada difícil de tratar. A pesar de todo, cuando me hablaron de Running Springs sentí un escalofrío en mi espalda. No sólo porque estuviera en California, a 4.500 kilómetros de distancia de mi hogar, sino porque se trataba de un centro en el que se daban cita los delincuentes, los yonquis y demás perlas de la sociedad. Me sentía un poco desubicado. Vale. Yo era un tipo problemático pero sólo porque estaba loco. En mi vida había probado las drogas, ni siquiera abusaba de la bebida tanto como otros de mis compañeros. Nunca había cogido algo que no me perteneciera y jamás tuve problemas con la policía, lo cual es decir bastante en un país
como los Estados Unidos. Más tarde me enteré de que mis padres pagarían 140.000 dólares al año por enviarme allí y sentí cierto alivio. Aunque mi opinión cambió cuando analicé que si aquellos delincuentes eran hijos de gente rica y poderosa debían ser bandidos y yonquis peligrosos. Si fuera un centro público lleno de negros, mejicanos y orientales pobres, me habría dado más confianza. El por qué es sencillo: en Estados Unidos la diferencia entre la libertad y la silla eléctrica la marca un buen abogado. Y en Estados Unidos sólo los ricos pueden pagar un buen abogado. Si aquella gente estaba en Running Springs y no en la prisión de su estado era porque un tipo había obrado esa
especie de milagro que, a veces, el dinero puede comprar. Supe que estaba jodido otra vez. Pero volví a darme cuenta de que algo no marchaba bien en mi cabeza cuando después de meditar estas cuestiones y hallar las explicaciones que he relatado me senté en el porche de mi casa y, mirando al horizonte, sentí que todo me daba igual.

La guitarra de Jack Johnson sigue su rumbo a través de la noche como un coche
robado que transportara valiosas palabras por una autopista que cruza el desierto. Yo miro por la ventana de mi habitación de vez en cuando para contemplar el mar. Medito sobre mi vida mientras analizo con una exactitud meticulosa los hechos que me han traído hasta aquí. Pero lo cierto es que después del alcohol que he bebido con los chicos no puedo pensar con claridad. Supongo que es por las pastillas o por mi falta de costumbre a emborracharme. En cualquier caso, me siento bien, fuerte, poderoso, capaz.
Me pregunto si soy feliz. La respuesta parece sencilla, casi trivial. Pero no lo es.
Sé que me daré cuenta de ello cuando ya no esté aquí. Cuando todo haya pasado y pueda comparar este momento con el presente que me toque vivir. Estarán de acuerdo conmigo en que las nostalgias más crueles son aquellas en las que se añora algo que uno no sabe del todo si vivió. De la misma manera que lo recuerdos más intensos pertenecen a los momentos más breves. Es como amar a una persona que ves todos los días o estar enamorado de otra que nunca más volverás a ver.
Pero, a pesar de mi juventud, sé que la vida es como la marea que ahora contemplan mis ojos. Subir y bajar, ir y venir. De la misma manera que conocí el infierno, conocí el paraíso. Son las mismas manos que treparon desnudas las violentas rocas las que se sumergieron en el agua tibia. Es la misma boca que masticó la arena del desierto, que ahora cruzan las frases de Johnson, la que saboreó las primeras y dulces mieles.
Me siento bien. Soy feliz. Creo. O no. Todo lo que me falta es que mis manos y mi boca se llenen con el cuerpo de una mujer. De una mujer que me amé. Aunque si no me ama tampoco importa. Todos tenemos una primera vez.
Sigue tecleando, Chef, aún nos quedan cosas por decir.

El jodido avión se levantó del suelo como el operario de una fábrica con resaca.
Alguien estaba regalando licencias aéreas.
Nueva York-Los Ángeles en clase turista, con un tipo al que mis padres habían
pagado para que me vigilara y sin nada de pornografía encima. Así que me dediqué a escrutar el culo de las azafatas con cierta contemplación y deleite. Había una rubia que me volvía loco.
Allí estaba yo. Rumbo a California como en la canción de Led Zeppelín. Con un nudo en mi cerebro y unas ganas terribles de levantarle la falda a aquella azafata con aire de actriz fracasada.
No tenía demasiadas ganas de ingresar en aquel colegio de delincuentes adinerados pero no me quedaban muchas más opciones. Intentar fugarme, tal vez. Divagar como Caufield en El guardián entre el centeno por la ciudad. Pero Caufield no había existido nunca y Salinger estaba tan loco como yo. Aquello no era solución alguna. Además mi acompañante no parecía fácil de despistar. Así que crucé mi país viendo una película malísima salpicada con largos y lascivos vistazos al culo de mi azafata rubia.
Y llegué.
Aterrizaje de copiloto en prácticas. Movimientos bruscos y tripulación con cara de pocos amigos. Por un momento pensé que nos íbamos a la mierda pero para mí no era un final tan malo. De ahí al lugar que me dirigía no había tanto.
Tomamos tierra. Giramos. Paramos y contemplé por la ventanilla del avión cómo colocaban el finger. Todo estaba preparado para entrar en el infierno.
Un coche me sacó de la ciudad de las estrellas hacia las montañas. Llegamos a
Running Springs y la soleada California se me antojo un inmenso lienzo gris.
Allí estaba. Había llegado.
Buenas tardes, Ben Fowler, y todo eso… tu habitación, tus horarios, tu tutor, el
nombre de tus profesores y una larga lista de normas y pautas de comportamiento. Leí aquella lista saltando las que no me afectaban como la posesión de armas, el consumo o la tenencia de drogas, los antecedentes penales, las tendencias violentas, el tráfico de objetos, el hurto, la extorsión, el intento de soborno, la violación de los derechos constitucionales, y alguna más que no recuerdo. Así que me quedé con las normas de uniformidad y los horarios.
Me preguntaba qué cojones había hecho yo para acabar allí. Me tumbé sobre la cama que me habían asignado y me puse a leer Cuna de Gato de Vonnegut. Eché un vistazo a las paredes de mi habitación en busca de orificios, espejos o lienzos sospechosos que pudieran ocultar una cámara. No vi nada anormal. Sabía que estaba en un país libre pero también sabía que ellos sabían que yo era un esquizofrénico y que estaba leyendo a Vonnegut. Nací en este país y sé de lo que hablo. Para entonces también sabía que yo era un paranoico.

Mi primer año en Runnig Springs pasó más rápido de lo que pude pensar en un
principio. Mis notas eran buenas y mi comportamiento no era lo suficientemente histriónico o incorrecto para sobresalir allí. De todas formas ellos se empeñaron en convencer a mis padres –e incluso a mí mismo- de que debía seguir allí otro año más. 140.000 dólares era demasiado dinero como para dejarlo escapar.
Lo peor de ese lugar era la prohibición de la mujer. Era como un internado de curas. No podías tener novia ni hablar con las chicas más de lo estrictamente necesario. Te sentías como ese libro de Huxley en el que un gran ojo lo vigila todo. Era sospechoso que ese ojo no se percatara de los trapicheos que allí se llevaban a cabo en materia de droga o de las esporádicas fugas nocturnas que se producían. En cambio detectaba con exactitud cualquier encuentro fortuito o planeado entre dos personas de diferente sexo.
Y resulta curioso que fuera precisamente allí donde conocí a la única mujer de la que he estado enamorado de verdad. Se llamaba Cody Rose, era la hija de una reputada escritora, tenía su cuerpo lleno de tatuajes y estaba afiliada a una secta cuyos principios jamás llegué a entender. Era una pieza de cuidado pero me volvía loco. Su físico y su inteligencia producían en mi corazón una agitación inusual a todos los sentimientos que había conocido hasta entonces.
Conocí a Cody durante mi segundo año. Ella estaba recién llegada y yo ya poseía la experiencia necesaria en el lugar para mostrarle ciertas triquiñuelas, para explicarle el por qué de los motes de algunos profesores y relatarle algunas anécdotas curiosas del año anterior. Pero yo no era el tipo de Cody. Creo que no le gustaban los Judíos locos e introvertidos, ni creo que fuera lo suficientemente problemático. Ella gustaba de los tipos duros y rebeldes con cierto afán de exhibicionismo. Le gustaban los líos, la provocación, el dramatismo y las historias sórdidas de final incierto. Yo no era un chico malo ni un aspirante a estrella del rock, nunca había robado un coche ni probado las drogas, no me gustaban los tatuajes (y no porque mi religión los prohibiera), ni me había mezclado jamás con gente de los bajos fondos.
Pero teníamos algo en común: los dos estábamos chiflados de remate.

Veo a Cody Rose entrar en mi habitación con una serpiente enroscada en su cuello. Está desnuda y desprende un intenso olor a flores frescas. En una mano lleva un afilado cuchillo y en la otra una rosa roja. Pienso que la rosa es por su apellido. A lo del cuchillo no le encuentro una explicación tan lógica.
Con paso firme y lento se acerca hasta mi cama mientras la serpiente se desliza por su cuerpo y se pierde por el suelo de la habitación. Yo permanezco tumbado sobre mi cama sin perder detalle de la escena. Miro su cuerpo desnudo, el reflejo de la luz en su piel tersa y brillante. Me doy cuenta de que tiene el pelo más largo y que los colores de sus tatuajes son más vivos. Lleva los labios y las uñas de las manos pintadas de rojo y una fina pulsera dorada en su tobillo izquierdo.
Está preciosa pero su imagen es inquietante.
Sigue devorando lentamente la distancia que nos separa con estudiados y voluptuosos movimientos. Después alcanza mi cama. Se sienta sobre ella, deposita la rosa a mi lado y comienza a acariciar mi torso desnudo mientras me besa el cuello. Pienso que podía haber soltado el cuchillo en lugar de la flor. Pero no ha sido así. Me queda la opción de levantarme y salir corriendo aunque en ese momento decido jugármela y aguantar en mi posición.
No dice nada. No digo nada. Comienza a darme besos en el pecho descendiendo
lentamente hasta alcanzar mi ombligo. Cierro los ojos. Sólo le pido a Dios que la
cuchillada sea después de haberme corrido. Caigo en la cuenta de que no creo en Dios. Después pienso que soy Judío. Pero no estoy para conflictos místicos en ese momento.
Su lengua bucea en el interior de mi ombligo un instante antes de descender hasta el límite que marca mi pijama. Con la boca y una pequeña ayuda de su mano consigue bajarme el pantalón. Abro los ojos y levanto levemente la cabeza para calibrar la situación. Todo lo que alcanzo a ver es Calvin Klein.
Ni rastro del cuchillo.
No la jodas, Ben. A lo mejor no te quiere matar –pienso.
No seas gilipollas. No tienes demasiado que perder –me digo.
A la mierda. Le echo una mano a la teta y aprieto fuerte. Espero la cuchillada. Pero no llega. Le aprieto la otra teta. No pasa nada.
Siento el calor de su lengua a través de mis slips. Todo me da vueltas. Cody se
recuesta un poco más sobre mí y me quita el patalón del pijama y los slips con suavidad y detenimiento. Después se sube sobre mí. Levanto la cabeza y esta vez sí que veo el cuchillo. Lo tiene en la mano derecha, en la buena. Eso no me gusta demasiado pero pienso en que voy a follar por primera vez y merece la pena asumir ciertos riesgos.
Entonces se lleva la mano a la boca. Humedece sus dedos y los arrastra despacio por el esternón y el vientre hasta llegar a su sexo.
Nos miramos fijamente. Sé que me va a matar, que ni siquiera voy a poder correrme antes de morir. Pero en el fondo de sus pupilas puedo divisar un estanque en calma.
Suspira. Arquea la espalda ligeramente dejando caer su melena hacia atrás y vuelve a mirarme.
¿Tienes condones? –pregunta.
No –respondo.
Entonces se levanta de la cama y se dirige hacia la puerta rápidamente. Aún lleva el cuchillo en su mano.
Puedo correrme fuera –alcanzo a decir.
Después escucho el portazo.
Miro al suelo.
¿Dónde estará la puta serpiente? –me pregunto.
Y empiezo a masturbarme.

Tuve algunos sueños más con Cody. Casi siempre sueños siniestros o con final infeliz. Y llegué a trabar con ella una amistad sincera y sentida que mi deseo por poseerla terminó por pudrir. Ella era como un caballo salvaje que nadie podía domar y yo no era un buen cowboy. Mi experiencia con las mujeres siempre fue (y es) nula. Creo que no sé tratarlas. Con ella tampoco eso suponía un problema. Aunque hubiera sido el mismísimo Casanova nunca la hubiera conseguido. Hay cuerpos que no se pueden poseer si eres quien eres. Hay almas que están hechas para otras almas. Yo era quien era y mi alma no tenía demasiado que ver con el alma de Cody Rose.
Creo que la acosé en cierta medida y que nuestros desequilibrios mentales y
personales terminaron por romper una amistad que hubiera dado buenos frutos. Me gustaba hablar con ella, compartir ciertos aspectos de la existencia y del sentido de la vida, pero yo no estaba en su camino.

Dejé en Running Springs algunos buenos amigos (y unos cuantos hijos de la
grandísima puta) y cuando salí por la puerta sabiendo que nunca más volvería sentí una mezcla de alivio y de tristeza. Yo no estaba hecho para estar en aquel lugar pero creo que nadie lo estaba. En ese principio se hallaba el nexo de unión de todos los que vivimos la severidad y los largos días de aquel lugar. Pero al igual que sucede con los sistemas políticos dictatoriales, con la manipulación de la cultura o la represión de las ideas, se creó un ambiente de unión en el que todos tenían cabida. Tampoco estaba hecho para vivir fuera, libre, en la calle. Tenía miedo de las malas pasadas que me jugaba mi cabeza y me había acostumbrado a una rutina y a unas personas que me otorgaban seguridad. Estaba hecho un lío y sentí pánico cuando regresé a mi casa para comprobar que la relación entre mis padres estaba terminada.
Sabía lo que tocaba. Otra vez. Yo no quería estar en mi casa y mis padres no me querían en su casa. Así que volví a Idaho. Trabajé en Wendy´s haciendo hamburguesas, puteado, explotado y perdido. Aunque fuese un trabajo voluntario al que acudía por deseo propio. Fue un breve espacio de mi vida pero guardo cierta satisfacción de esta experiencia. La de sentirme útil, tener un trabajo por primera vez. Aunque lo que me pagaban no me alcanzaba para mucho, era grato tener la sensación de no estar chupando del bote de mi familia. También la sensación de acostarme cansado era grata y la relación con mis compañeros era buena. Había una chica con unas piernas preciosas. Yo siempre fui un hombre de piernas.
Después de unos meses regresé a casa para esperar mi nuevo destino. ¿Sería un psiquiátrico, un colegio para delincuentes o un pueblo perdido en el culo del mundo? No. Esta vez fue una universidad privada llena de niños de papa que no tenían ni puta idea de lo que era la vida. No es que yo supiera demasiado pero para entonces ya había sufrido algunos de los avatares existenciales que te hacen madurar. Había convivido con personajes peligrosos, con profesores estrictos, con todo tipo de normas y leyes, me había enamorado de una mujer que no me amaba y había estado cara a cara con el dolor, la marginación y la locura. Mis huesos dieron con la lona en más de una ocasión pero siempre me había levantado antes de que sonara la campana. Todo eso me había hecho madurar de una forma brutal.
La Lewis & Clark College tenía una notoria fama que yo empecé a cuestionarme una vez que estuve dentro. Todo lo que encontré allí fue una panda de vagos e idiotas sin demasiados ideales, sin demasiadas inquietudes y con escaso talento para el aprendizaje. La primera persona a la que conocí nada más llegar fue a mi compañero de habitación. Un verdadero cabrón que se creía superior. Su compañía me resultaba irritante y sus modales me sacaban de quicio. Era uno más de los muchos Trustafarians que habitaban aquel pequeño universo de pago. Conviví con él seis meses hasta que conseguí que me asignaran otra habitación. Durante ese tiempo anduve errante y meditabundo, estaba triste, me sentía inseguro y pululaban por mi cerebro ideas escabrosas. Fue un semestre duro, hasta que pude trasladarme a otra planta del internado en la que, además, había más chicas. Gasté tanta saliva hablando con las tías que me rodeaban que se hubiera podido pegar con ella todos los sellos de la correspondencia que se mueve en China en un mes. Pero seguía sin follar, sin dar un beso siquiera.
Los días pasaban y yo iba de mal en peor. Faltaba a mis clases, llamaba a mis padres diciéndoles que aquello no era para mí, que no me encontraba bien, pero ellos también estaban viviendo su Vietnam particular y no querían saber nada. Ese semestre coseché la que más tarde sería la peor nota de toda mi carrera: un suspenso. Me dedicaba a ir a la biblioteca a leer o a mirar a las chicas guapas que iban a estudiar. Allí me hice amigo de los limpiadores, gente sencilla y franca, inmigrantes hispanos en su mayoría. Eran las únicas personas con las que mantenía una conversación más o menos fluida e interesante. Asistí voluntariamente a unas clases de Política Feminista (con el fin de ligar algo) pero acababa masturbándome en el baño de la clase. Hasta que mi profesora se dio cuenta y tuve un problema con ella.
La tristeza fue dando paso a una ira que nunca había sentido antes. Mi profesora de Ciencias Políticas se empeñaba en ridiculizarme delante de mis compañeros después de que yo hubiera confesado abiertamente que tenía problemas mentales y que había pisado algún psiquiátrico, unos cuantos centros especiales y el colegio para chicos con problemas de Running Springs. Así que un día le envié un correo electrónico diciéndole todo lo que pensaba de ella (nada bueno) y amenazándola con que la mataría como siguiera por ese camino.
Cierta noche de regreso a casa me di cuenta de que me seguía un coche de policía. Yo iba en bicicleta, así que doblé por estrechas calles y crucé unos cuantos jardines para despistarles hasta que llegué a casa de una amiga y le conté todo lo sucedido. Vi el miedo reflejado en sus pupilas a la luz de la luna. Su mirada me insinuó algo que ya sabía y que terminaron por confirmar sus palabras.
– Ben, creo que tienes un problema.

Si al menos hubiera sido uno. Ese problema. “El problema”. La cosa no hubiera estado tan mal. Pero haciendo inventario de locuras, decepciones, miedos, angustias, demonios, fantasmas y demás desequilibrios de funambulista borracho, me di cuenta de que volvía a estar con el agua al cuello. Me sentía desahuciado y sin fuerzas para intentar salvarme, así que intentaba hundirme un poco más en el fango. Acudía a todas las manifestaciones que se celebraban contra la guerra, contra la contaminación, contra lo que fuera. Mi aspecto era más descuidado que nunca. Hablaba con los drogadictos y la gente sin techo. Mi mejor amigo era alcohólico, fumaba marihuana constantemente, tomaba tripis y siempre pensé que era bisexual. Me mezclé en los ambientes marginales y empecé a beber más de la cuenta. Fumaba marihuana de vez en cuando. Jugaba al ajedrez con los pobres en la calle. Me dedicaba a enviar correos a mi familia insultándoles y maldiciéndoles por haberme enviado a aquella universidad, por haberme negado su ayuda, por cerrarme las puertas de la que, se suponía, era mi propia casa. El odio era mi motor, la incomprensión el espejo en el que me veía reflejado todas las mañanas. Nada podía llenar el vacío que sentía en mi espíritu. Todos los excesos eran pocos, todas las emociones estaban barnizadas con la rutina del obseso.
Charlaba con mi amigo durante horas sobre la vida, el destino y todas esas cosas que no se pueden ver. Para entonces mi esquizofrenia era como una locomotora que circulaba a toda velocidad, sin control, esperando un obstáculo contra el que estrellarse. El alcohol y la droga mezclado con la medicación que tomaba agravaban aún más esa sensación. Era como vivir una realidad prestada.
Una tarde, cuando regresé a mi habitación del Lewis & Clark después de haber jugado una gran partida de ajedrez con un vagabundo alcohólico, me senté sobre mi cama, borracho y presentí mi muerte. Pensé entonces que no estaría mal llevarse antes por delante a unos cuantos hijos de puta, contribuir a la enfermedad de la Sociedad Moderna Americana, inscribir mi nombre con letras doradas en el Hall Of Fame de los asesinos en serie. Charles Manson y Ben Fowler. No. Mejor. Ben Fowler y Charles Manson. Empezaba a estar hasta los cojones de ser educado, justo y respetuoso. La gente confunde la bondad con la estupidez y es más difícil llegar a ser Gandhi que comprar una escopeta en Walmart y volarle los sesos a veinte tipos que, al fin y al cabo, por mucho que uno trate de ser comprensivo y justo, lo merecen.
Pero yo no tenía cojones o convicción o nadie que fuera a visitarme cuando estuviera en el corredor de la muerte, así que creí conveniente coger un libro de Roth y ponerme a leer. Él era judío, inteligente, manejaba la ironía con destreza y, a su manera, también estaba loco.
Andaba sumergido en la lectura cuando recibí una llamada de mi madre. Mi bisabuela había muerto. Era una mala persona. Nadie había tenido que matarla. Se fue sola. Y tenía mucho, mucho dinero. Sabía que aquello traería más problemas para mi familia. Tal vez también para mí. Aunque yo no sentía ningún vínculo con ella.
Pensé durante unos instantes en ella. Cerré los ojos y me pregunté si sentía pena. No hubo respuesta. Volví a tumbarme sobre la cama y seguí con Roth y su irónica visión del sexo.

Óscar siempre quiso aprender a tocar el piano. Pero toca la guitarra. Le gustaría hablar Inglés pero sólo puede expresarse, a duras penas, en francés. Es un tipo raro que se esconde tras una coraza. Es uno y es otro, después otro y otro más. Depende del lugar y del momento, de la compañía, de su estado de ánimo.
Miro en el espejo mientras escribo y le veo teclear lo que yo tecleo. Lo hace con cierto ritmo, como si siguiera uno de los compases de sus partituras. Pienso que escribe así porque es un pianista frustrado.
He dado un descanso a Jack Johnson. Ahora suena Wilco. Wishful Thinking, para ser más exactos.

Aún estoy borracho y me desdoblo, me contraigo y me expando. Pienso que escribir mi historia me ayuda a conocerme más, pero me sume en una extraña melancolía y desordena mis sentimientos, aunque sea durante breves lapsos de tiempo.
Dentro de poco me iré de aquí. Volveré a mi ciudad, a mi rutina, a mi pasado. La lejanía, a menudo, te convierte en una especie de amnésico. Yo estoy haciendo, por primera vez en mi vida, un ejercicio de memoria. Utilizando otra visión, otros sentimientos. Es como ver el mundo con una retina que no te pertenece. Pero eso no importa demasiado. Todo lo que importa es que estoy vivo. No falta mucho para terminar este relato pero falta lo mejor. Lo que me ayudó a llegar hasta aquí sano y salvo, más o menos tarado, herido, confuso o perdido. Pero a llegar, al fin y al cabo.
La noche está en pleno apogeo. Veo las luces de los barcos de los pescadores en el mar. He cerrado la ventana. Huele a tabaco pero yo no fumo. Me siento a escribir esto. Mis dedos contra las teclas suenan con una frecuencia en la que caben ordenados silencios. Mis pulsaciones desarrollan cierta lógica. De repente se mimetizan con el ritmo de la música.
Miro al espejo y sonrío. Sé que no estoy solo.

Cuando conseguí salir de Lewis & Clark sentí una bocanada de aire fresco. Mi insistencia y mis irregulares calificaciones terminaron por convencer a mis padres de que no llegaría a nada si continuaba allí. Ellos esperaban grandes cosas de mí porque sabían que a pesar de mi esquizofrenia era un chaval más inteligente que todos mis compañeros juntos. En mis notas se reflejaba la capacidad que poseía cuando quería y estaba motivado. Mis sobresalientes estaban dedicados a aquellos profesores que confundían mi locura con ignorancia e incapacidad. Les daba en la boca estudiando unas pocas horas (mientras miraba hermosos culos en la biblioteca) con sobresalientes obtenidos a partir de planteamientos geniales. Nunca memoricé porque apenas tengo  memoria, siempre me dediqué a desarrollar la teoría partiendo de la base más simple con una lucidez inquietante. Los suspensos que coseché fueron una especie de protesta contra mi familia y el entorno. Ellos también eran lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de ello.
Mi habilidad para las ciencias había quedado patente desde que comenzara mis estudios. Pero nadie pensó nunca (creo que ni yo mismo) que tuviera esa habilidad para la química más compleja. Me resultaba tan fácil que me irritaba que alguno de mis compañeros no supiera una respuesta o no entendiera algún planteamiento. Otra cosa era no ir a clase, no abrir los libros para memorizar nombres o no copiar fórmulas básicas. Era como aprender a multiplicar sin saberse las tablas. Para la mayoría sería complicado pero para mí era sencillo. Dicen que Einstein era un mal estudiante. Yo ni siquiera eso. Siempre aprobé las asignaturas que pertenecían a letras también. Me encantaba leer y tenía buena mano para el dibujo. Conocía la historia y hablaba dos idiomas (aunque uno lo perfeccioné más tarde).
El caso es que salí de Lewis. Me sacaron de allí cuando acabé mi primer año. Por fin. Estaba feliz y me sentía con ganas y fuerzas para intentar reformarme. Pensé que lo mejor que podía hacer era ponerme a trabajar durante el verano para demostrarles a mis padres que era un tío resolutivo y luchador. De esta manera serían más benignos a la hora de elegir mi nuevo destino. No quería compartir mi habitación con más hijos puta, ni tratar con tontos del culo. Así que me puse a buscar un trabajo. No fue tarea sencilla y todo lo que hallé fue una tienda de bagels regentada por un judío que me dio el trabajo sólo por ser de su misma religión.
Allí trabajaba con dos Mejicanos más, preparando bagels y esas cosas. Uno de los Mejicanos había estado en la cárcel y era el típico tío duro y peligroso al que le importaba una mierda todo. El otro Mejicano le compraba tabaco y le hacía favores porque le tenía miedo. Yo no le tenía miedo pero le respetaba. Era un hijo de puta pero a veces tenía buenos detalles conmigo y, en general, nos entendíamos.
Un día, después de unas horas de trabajo duro sentí un hambre atroz. Cogí uno de aquellos jodidos bagels, la abrí a la mitad y lo rellené generosamente. Me lo empecé a comer con desesperación. Sabía a gloria. Entonces entró mi jefe por la puerta y al verme me empezó a gritar que le estaba robando.
¡¡Robando!! -dijo.
¿Robando? -pensé.
Me estoy comiendo un puto Bagel, cabrón -me dije a mí mismo.
Vendes 500 bagels cada día con mi sudor, me pagas una miseria y me dices que te estoy robando.
Hijo de Satanás.
Pero callé. Necesitaba ese trabajo por muchos motivos. Y ninguno relacionado con el dinero.
Me echó.
El muy cabrón me echó.

Conocí a Chris Cotton en casa de mi padre. Estaba sentado en uno de los sofás de piel del salón cuando llegué esa tarde. Mi padre nos presentó pero yo ya sabía quién era y a qué se dedicaba. Mi madre me había puesto al corriente. Era amigo de una mujer que trabajaba con mi madre y se dedicaba a enseñar a chicos con problemas. A estas alturas ya saben a qué tipo de problemas me refiero. Al menos su apellido transmitía cierto bienestar. Cotton en inglés significa algodón.
En un principio no sabía si se trataba de un loquero, de un tipo con mano dura o de un profesor con dotes para el psicoanálisis. Había visto tanto, había pasado por tantas personas que juraban y perjuraban a mis padres que me iban a curar con milagrosas terapias, que ya nada me asustaba. Pero necesitaba saber de qué pie cojeaba el Señor Algodón. No quería que me dejaran en manos de un tipo más tarado que yo al que le gustaran los culos jóvenes o la violencia como medio de expresión. Así que lo analicé pacientemente, casi con descaro. Hablamos bastante, nos miramos fijamente a los ojos tratando de saber a quién se enfrentaba uno y otro. Fue como un encuentro de perros bien educados que se olisquean con cuidado ante la mirada vigilante de su amo pero sin fiarse, apretando los dientes en el interior de su boca cerrada. Sobra decir que el amo era mi padre y que su poder residía en el plato de comida que él tenía y yo necesitaba y en los miles de dólares que él tenía y el Señor Algodón ansiaba.
Después de una larga charla, Cotton se marchó. Salí a la calle y di un paseo. Mi padre me había regalado un coche de segunda mano. La chapa estaba rayada porque la exnovia del dueño se había cabreado con él y le había dejado un recuerdo. El interior olía mal, la tapicera estaba descolorida y rota y el motor estaba deshecho. Lo peor no era eso. Dicen que a caballo regalado no hay que mirarle el diente. Estoy de acuerdo. El problema residía en que mi padre me había regalado ese coche ¡¡con mi dinero!!
Mi padre puede llegar a ser muy cabrón cuando quiere.
Así que cogí mi superbólido y paseé un rato por la ciudad con la música a tope, mirando culos en los semáforos y esas cosas que todos los tíos hemos hecho alguna vez con nuestro primer coche. Pensé que la mayoría de los tíos ansía su primer coche para poder follar, también. Pero ese, desde luego, no era mi caso.
Atardecía y ya estaba en la carretera. Pensé en largarme lejos, solo. Ir hasta la 66 y conducir hasta California como hicieron Kerouac y Cassady. Pero yo no era Jack y no tenía un Neal que me acompañara. Sería mejor regresar a casa y pasar los últimos días del verano esperando la noticia de mi ingreso en la universidad pública de Keene y en la casa para chicos con problemas del Señor Algodón.
Estaba hasta los huevos del concepto “chico-con-problemas”.
¿Es que no había espejos en este puto país?

Aquí empieza y termina todo.
Aquí se decidió la partida.
Aquí fue donde pararon los dados dictando sentencia.
Había caído muchas veces en mi vida y había resurgido de mis cenizas (como el Ave Fénix tocaría escribir ahora. Pero yo no lo voy a escribir).
Llegué a Keene escéptico, cansado y dolido. Dispuesto a matar o morir. En mi interior la esperanza se había desvanecido. La pequeña llama que me había alumbrado en los tiempos difíciles ardía ahora inmensa, con ira, quemando la poca cera de la que disponía a una velocidad de vértigo. Nada más llegar pensé que allí encontraría mi final.
Vivía en una casa con Chris Cotton (el jefe) y dos chavales más (como yo). Uno estaba lleno de tatuajes y el otro estaba todo el día bajo los efectos del LSD. Los dos estaban locos. Creo que más que yo. O no. No sé. Creo que hay un punto donde la locura no se puede medir, ni comparar. El caso es que los tipos eran hostiles y vivían en sus respectivos mundos, sin sociabilizar demasiado y sin importarles lo que sucedía a su alrededor. Cotton los mantenía a raya, dentro de sus posibilidades. Pero eran indomables.
Mister Algodón desarrolló un duro sistema conmigo. Cada vez que yo hacía algo que estaba mal me obligaba a dormir fuera de la casa para ganar el privilegio de dormir dentro. Pasé unas cuantas noches a la intemperie con la suerte de que era verano. En New Hampshire, en invierno, se congelan los estanques.
Me tumbaba bajo el porche de la casa con el fin de resguardarme algo más. A uno de los chicos le gustaba salir al jardín desnudo y pasear fumando un cigarrillo. Yo lo divisaba todo desde mi puesto. Y él metía la cabeza entre las maderas buscándome, con cara de perro furioso. El miedo me paralizaba, agazapado en la oscuridad, cuando divisaba su rostro y sus ojos de perro rabioso buscándome.
Me volví más loco ¿Aún? Sí, más loco. Frotaba mi cuerpo desnudo contra la tierra, orinaba en las latas vacías de cerveza y bebía mi propio orín a escondidas. Quería sentirme más cerca de la naturaleza. Porque pensaba que ya sólo la naturaleza podía salvarme.
En Keene empecé a fumar. Seguía bebiendo más de la cuenta a pesar de las peroratas de Chris sobre los efectos nocivos y subyugantes del alcohol. Bebía a escondidas. Fumaba a escondidas. Pasaba mucho tiempo a solas recreándome en Vonnegut, sumido en mi música, leyendo filosofía clásica y dibujando.
Me sentí como un Ícaro. Pero más triste. Yo ni siquiera poseía la ambición de llegar al sol y conquistarlo. El resultado fue el mismo. Mis alas de cera se fundieron en aquel vuelo lento y prolongado, y caí desde la altura que yo mismo había devorado. Mi condena estaba firmada de mi propio puño y letra.

A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. Otras veces las cosas pasan porque uno está en el momento y el lugar indicado. Yo nunca creí en el destino, ni en Dios, ni siquiera en esa justicia espiritual de la que algunos hablan cuando se refieren a sus enemigos diciendo que la misma vida les dará lo que merecen. Hay gente muy mala que ha llegado muy lejos y es terriblemente feliz. Yo no creía en casi nada. Y lo poco en lo que creía no era suficiente para solucionar una vida.
Chris Cotton le costaba más dinero a mis padres que la universidad en la que estudiaba. Y Chris Cotton necesitaba el dinero. Era una buena persona que tenía su sistema. Sólo eso. Pero siempre se tomó su trabajo en serio. Fue duro conmigo, llegó a tratarme como a un perro. Pero a veces pienso que el humanismo y el diálogo nunca hubieran llegado a salvarme. Él me pulió, limpió el óxido que recubría el cobre del que, en realidad, estaba hecho.
Qué pasó, se preguntarán.
Nada. Pero mucho. No hay lección moral ni un final sorprendente en esta historia. Todo cuanto hizo Chris Cotton fue dedicar una parte de su tiempo a estudiarme, a hablar conmigo de lo trascendente y lo intrascendente. Él me hacía preguntas a las que a veces respondía con sinceridad, a veces mentía y otras respondía con otra pregunta. Fue un arduo trabajo de orfebre mental. Se empleó a fondo en tratarme y, a pesar de sus duros castigos y desplantes, se preocupó por mí. Le pagaban por ello pero mis padres habían pagado a otros muchos antes cuyos rostros ni siquiera veía a diario. Era un profesional que terminó por cogerme cariño.
No recuerdo cuándo, ni cómo sucedió, pero supongo que Chris llegó a la conclusión de que nada ni nadie podía salvarme de la locura. No por ser yo sino por ser un esquizofrénico. Halló la solución en mi pasión: la química. Cambió mi medicación, personalizó, en cierta medida, mi tratamiento.
Pero no fueron sólo las pastillas las que me salvaron. Yo andaba perdido, acostumbrado a divagar de un sitio a otro, sin pasar apenas tiempo con mi familia. De internado en internado, de colegio en colegio, carreteras, aviones, doctores, maestros que me miraban diciendo joder-este-chaval-es-el-loco-que-me-han-dicho-que-me-iban-a-enviar. Etc…
El Jefe Algodón fue mi mentor, mi gurú. Me enseñó muchas cosas acerca de la vida y de las personas, me escuchó y, a su manera, me dio algunos buenos consejos. Consejos que todavía siguen vigentes en mi vida. Sé que Chris Cotton se movía por dinero pero todo el mundo se mueve por algo. Nunca creí en el altruismo absoluto. Pero también sé que gracias a él pude empezar a pensar con claridad, a distinguir el bien y el mal, a dejarme ayudar, a dejarme querer sin miedo a que me hicieran daño, a comprender que los otros también tenían problemas que les llevaban a obrar de una u otra manera. A él le debo el sobresaliente que obtuve como calificación media en la universidad.
Tal vez no fuera suave e inmaculado. Pero servía para cerrar las heridas.
El Señor Algodón.

Con el tiempo y un poco de suerte mi hermano llegará a ser presidente de los Estados Unidos.
Nunca recuerdo esa frase de Cluster que me gusta tanto. Pero he aprendido a esperar.
Mientras escribo esto con dedos prestados, con retinas que no vieron nada de todo lo sucedido aquí, me pregunto cuánto dinero ganará un pescador. Pero sé que la respuesta es otra pregunta. Depende de qué pescador, depende de la época, depende del lugar. Por eso estudié ciencias. Allí dos más dos siempre son cuatro. O no. Depende.
Escucho el canto de un gallo en la lejanía pero todavía es de noche.
Sentado aquí, en esta habitación de Torre Florentina en Málaga, deshojo margaritas imaginarias bajo la pregunta de si alcanzaré la felicidad algún día. Aunque no lo hago a la vieja usanza. Los pétalos que arranco en mi imaginación no responden sólo al sí y al no. Hay una variante. Un tercer pétalo que dicta un depende. Llevo unas cuarenta flores escogidas al azar y no he logrado otro resultado más que el de la duda.
Todo es relativo, Ben. Me digo.
Hay cosas que sólo se consiguen cuando uno cree tenerlas.
Y… bueno… supongo que este es el final.

Al darle aquel papel supe que algo no funcionaba bien dentro de mí. Contemplé su rostro mientras le entregaba mi redacción y traté de adivinar la expresión de su cara cuando leyera las letras que le había preparado.
– Así que este soy yo –dijo balanceando las hojas en su mano.
– Creo que sí
– Vaya… – musitó estudiando los folios mecanografiados.
Abrí la ventana y me asomé. Las primeras luces del alba se reflejaban en el mar. Hacía frío pero me sentí mejor después de respirar el aire fresco. Tenía los pulmones llenos de humo y estaba borracho.
Un gallo cantó a lo lejos.
Cuando cerré la ventana y me di la vuelta él ya estaba leyendo. Cogí mi chaqueta y salí de la habitación. Bajé las escaleras de la torre hasta la calle y doble la esquina desde la que se divisaba mi casa.
Quizás Vonnegut tuviera razón al decir que la gente no debe mirar hacia atrás.

Aunque él lo hiciera. Miré mis manos sin dejar de caminar y las sentí limpias. Ya era de día y en unas horas tenía que trabajar. Encendí el último cigarro pensando que tal vez fuera ése el que me matara. De algo había que morir.
Hay quien vive para su trabajo, hay quien sueña con una casa, hay otros que persiguen el amor, el dinero, la fama o el poder. Hay quien nace para morir y quien muere con la esperanza de volver a nacer y empezar desde cero. Hay algunos que todo lo que pueden hacer es defenderse de las vanas aspiraciones, del amor establecido, del capitalismo, de la fama o del poder. Hay personas que viven agarradas a las cornisas, que no recibieron el bautismo de la esperanza, ni el sacramento del optimismo. Hay quien vive para pelear. Hay tipos maravillosos, sorprendentes y locos, que prefieren permanecer agazapados para que los ojos ignorantes no les detecten.
Y en aquél momento pensé que había muchas cosas más. Pero no podía concentrarme. El puto gallo seguía cantando como si le hubieran metido un palo por el culo.

Óscar Jordán

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